"No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo"
Oscar Wilde

martes, 11 de marzo de 2008

¿Estás sola?

Lo que iba a ser el mejor par de horas del día, desconectada del mundo, al final no ha terminado del todo tan feliz.

Empiezo por el principio. Hora: 14. ¿Qué hacer? Comer y nada hasta las 17:30. ¡¡¡Idea!!! Me voy a comer paseando por la playa. [Decir que no voy a casa porque entre que llego a la parada del metro, llega el mío y lo cojo (una eternidad, por la huelga) y llego a casa se me ha hecho la hora de tener que volver a salir para redirigirme a la facultad.] ¿Por dónde iba? Ah, sí, tengo la esplendorosa idea de irme a la playa a pasear.


Ha sido una pasada. El ratito hasta que llego al paseo marítimo, lo recorro arriba y abajo, pensando en las cosas que rondan esta, a veces sobrecargada, cabecita. Analizo a mis compañeros de paseo: una pareja de alemanes, un grupo de adolescentes franceses, varias familias de ingleses, ciclistas, gente corriendo, algún que otro español que parecía extraviado en ese mar de viandantes extranjeros... También, como no, unos cuantos 'morenitos' vendiendo gafas de sol y demás artículos que acostumbran a llevar encima... Una vez sobrepasado el balneario, las terracitas de los restaurantes a pie de playa llenas (aunque cerradas), olor a paella, fideuà, arròs a banda... mmm qué bueno. Llego al final, al recinto de la America's Cup, y veo obreros que vuelven al trabajo de construcción del circuito de fórmula uno. Con esto, doy la vuelta, y vuelvo sobre mis pasos. La misma gente, sólo que al revés. Llego a la explanada frente al balneario y decido pararme en el camino, porque para qué me iba a dar prisa si sólo eran las 15:15. Aposento mi trasero en la 'barana' del paseo, cerca de unos jubilados ingleses. Y sigo viendo la gente pasar. Hasta aquí todo normal. Poco después, la primera intrusión en ese mar de pensamientos que bailaban en mi mente.

¿Tienes un pañuelo de esos de papel? Una joven (porque ahora hasta los 35 eres joven) con vaqueros y suéter negro con una chaqueta de punto blanca anudada a la cintura se me había acercado sigilosamente y del impacto provocado por esa pequeña intrusión miento y digo que no. ¿Por qué he dicho no? Creo que nunca lo sabré. La sigo con la mirada para ver a dónde se dirige. Obviamente, pasa de los ingleses, y prosigue paseo arriba, hasta otra pareja, y deduzco la pregunta que les hace. La mujer interrogada asiente y busca en su bolso. Me repito a mí misma que no sé porqué he dicho no. Pienso que no tiene importancia y prosigo mi vagabundeo mental (¿existe 'vagabundeo'? creo que no, pero no alcanzo a explicarlo de mejor forma). Poco más tarde decido ponerme rumbo de nuevo por el paseo hasta los delfines y volver avenida arriba hacia la facultad, que hace buena temperatura y el sol está radiante hoy en el cielo.

Comienzo de nuevo a caminar. Empiezo de nuevo por el denominado 'Paseo de la Mostra', el cual me había sorprendido hace un rato pues no alcanzaba a recordar desde cuando están ahí los nombres de todos esos actores&actrices. Gente nueva sentada en los bancos del paseo: una pareja comiendo, un solitario meditando, más 'morenitos', más extranjeros... Prosigo mi camino por el paseo. En la arena jóvenes y no tan jóvenes, españoles y extranjeros, unos volando una cometa, gente caminando por la orilla... lástima que lleve las medias, sino yo también andaría por la arena. Llegando a mi destino, a una centena de metros de los delfines, la segunda, y más alarmante, intrusión.

¿Estás sola? Hacía una decena de metros que había percatado una presencia tras de mí. En un recoveco había descubierto al solitario meditador del banco del principio del 'Paseo de la Mostra' que parecía seguirme allá dónde yo iba. Había decidido ir con precaución, pero sin parecer alertada. Pero mis recelos tenían causa justificada. Perdona, ¿estás sola? Alarma. Preocupación. ¿Qué hago ahora? Con sin apenas mirarle a la cara le suelto '¿me dejas en paz?' 'Vale, perdona'. Y cruza delante de mí, luego da media vuelta y vuelve al paseo. Uff. Tensión. Mi cara debía reflejarla. Vuelvo al centro del paseo, paso por delante de la terraza del restaurante, y en los delfines me paro y miro a ambos lados en busca del solitario meditador. Ni rastro. Cuál es mi sorpresa al descubrir a la joven del pañuelo que volvía en mi misma dirección. El subconsciente ya inventa cualquier historia. Eran compinches, lo del pañuelo era la señal, van juntos, y multitud de idioteces como estas. Procuro serenarme como pueda. No sé yo que había visto en mí que pudiera dar señales de lo que no era. No entiendo nada. Me digo a mí misma que no volverá a pasarme, que no pienso volver a pasar un rato agradable pasenado bajo el sol radiante, con la brisa del mar rozando mi cara y brazos (que hace que no sea asfixiante un paseo de estas características en pleno mes de marzo) y ... ¡qué narices! Ya veré lo que haré. No tengo porque ofuscarme. Vuelvo a caminar rumbo al tranvía. Viene enseguida, llego a la facultad y miro el reloj. Son casi las 16. No ha estado mal, aunque sin la dos intrusiones habría sido perfecto.

¿Estás sola? Vaya una pregunta idiota. ¿Qué no lo ves? Aún me sorprende lo decepcionante que debe ser la vida de esas personas que preguntan este tipo de cosas para conseguir satisfacer sus deseos y/o necesidades. Es inadmisible que no se pueda pasear por el paseo a plena luz del día con la tranquilidad que reina cerca del mar, con el rugir de sus olas, sus olas, el calor del sol, la brisa...

Volviendo a la realidad, son las 17. Me he pasado una hora tratando de analizar la conducta humana por medio de este post. He de plegar, ir al aseo, cambiar de edificio, y llegar al aula en el que probablemente olvide el maravilloso paseo que me han concedido el tiempo y la tranquilidad de no tener nada que hacer para mañana, excluyendo, evidentemente, los últimos 5 minutos.

Hasta otra aventurilla.

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