Sinceramente, creo que la próxima vez, no pensaré en nada. Ni diré nada, ni haré nada. Y luego, que vengan y me digan.
Vaya una semanita. Si te metes donde no te llaman (aunque te toca en parte), mal. Si no te metes (e intentas mantenerte lo más al margen posible), casi que peor. ¡¡Señores!! ¿Se aclaran ustedes? Yo, no.
La verdad es que desde la última vez que escribí, vaya tela la que se ha liado. Y, claro, como siempre, yo no tengo nada que ver, pero tengo que ver. ¿Alguien lo entiende?
Lo que más me molesta es que me afecta de tal manera que influye en todo lo que me sucede cada día. Y en el entorno lo han notado.
Pero esta semana no me apetece decir ni hacer nada... Sólo quisiera poder quedarme pensando, callada sin hacer nada.
Pero en este mundo nadie está en silencio, a nadie le gusta el silencio, ni estar callado. Les da miedo. ¿Miedo de qué? A mí me gustaría poder estar en silencio muchas más veces. Y escuchar. Escuchar al mundo. Y lo que en él hay. Y escuchar a Dios. Sobretodo, escucharle a Él. Pero no hay manera. No te dejan tranquilo ni un momento. Un ruido por aquí, un grito por allá, un arrastrón en el piso de arriba...
Escuchar a Dios. Necesitamos que nos hable. Y nosotros contestarle. Decirle qué nos preocupa, cómo estamos, qué sentimos, lo grande que es, lo maravilloso que fue que nos escogiera... Pero, no tenemos la calma necesaria. Yo, al menos, la necesito. Para escucharle. Tú puedes hablarle, sí, y Él te escuchará aunque estés en medio de una tormenta.
Pero, ¿podrás escucharle tú?
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