Lo cierto es que en poco tiempo lo he probado varias veces. Entonces, se han acercado algunas personas corriendo para ver si estaba bien y darme una mano para ayudar a levantarme del frío suelo. Doy gracias porque ninguna de las veces ha sucedido un grave percance, sólo simples magulladuras que me han hecho ver que tengo que ir con cuidado cada vez que llueva un poco. Y aún así, sigo resbalando en el pavimento...
Esto me ha hecho pensar en lo siguiente.
Muchas veces en nuestras vidas pasan cosas que nos hacen tropezar, caer... Y no sólo es que hagamos cosas mal, o que no agradan a Dios, sino que pueden ocurrir incidentes en ciertos ámbitos (como la familia, o la iglesia...) que nos hayan hecho venirnos abajo. Quizá temporadas en las que todo parece salir mal, o al revés de como habíamos planeado.
Pero una cosa tengo realmente clara: que siempre Dios nos tiende una mano para levantarnos. O para ayudarnos a salir de esa situación. Pero está ahí. Quizá simplemente nos lleva en sus brazos mientras nos recuperamos y retomamos fuerzas para el siguiente asalto en nuestra vida, y mientras nos cuida, nos protege... Es una situación preciosa en que en ocasiones eres consciente de quién te está sujetando y muchas otras te percatas cuando Él ya te ha dejado otra vez caminar por tu propio pie.
Hace poco he podido reencontrarme con un par de amigos a los que llevo en el corazón. Conversando con ellos he visto que hemos pasado unas temporadas bastante malas, cada uno por separado y por muy diferentes motivos.
Pero los tres sabemos que ahora estamos un poco mejor que antes, pero es porque Dios nos ha estado cuidando y llevando con Él. Y sabemos que aunque volvamos a pasar por malos tiempos, o volvamos a caer en ciertas formas de actuar, ahí va a estar Dios, extendiéndonos una mano.

Por eso, el texto de Mateo 11 siempre me ha gustado: "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar" (versículo 28). Pero todo el texto es alentador. Él cargará aquello que nos pesa. Ya cargó algo muy pesado en la cruz por todos nosotros. Si le dejamos, seguirá cargando nuestras preocupaciones, seguirá ayudándonos y dándonos descanso. ¡Qué maravillosa promesa!
Así que cada vez que caigo al suelo y se acerca alguien extendiendo su mano, recuerdo aquéllas en que caí y fue Dios quien me extendió la suya.
No hay comentarios:
Publicar un comentario