Las personas no somos imbatibles. No somos perfectas. Cometemos errores y múltiples fallos. Podemos tratar de mitigarlos, de mejorar nuestro funcionamiento, pero siempre acabamos equivocándonos de algún modo. Por eso, nadie es infalible. Nadie es 100% confiable.
Es en este marco en el que tratamos de edificar sociedades, grupos, iglesias… y muchos no son conscientes de nuestras flaquezas. No ven que por nosotros mismo, como grupo, no conseguiremos nada. Si tratamos de construir según my way, lo que construyamos caerá por su propio peso. Igual con las formas de dirección. ¿Cómo dirigir una sociedad, un grupo, una iglesia? Cada una de estas formas tiene diferentes posibilidades, pero pese a estudiar muchas de ellas, ninguna funciona y todas tienen un punto débil, sobre el cual reposan y el cual tiembla en cada tormenta.
Para el caso de la iglesia, no sólo tenemos que ver qué queremos nosotros, sino más bien qué quiere Dios de nosotros, y cómo quiere Él que lo hagamos. ¿Por qué en tantas iglesias parece que quien falla es precisamente Aquel para el que, se supone, nos reunimos?
¿Hasta cuándo?
No hay comentarios:
Publicar un comentario