Los grandes árboles me recuerdan a la relación con Dios.
Para que un árbol crezca y se convierta en un gran árbol, necesita de unas raíces profundas. Las raíces alimentan al árbol, pero si el árbol está plantado en una tierra con déficits de nutrientes o con tierra con restos nocivos, el árbol no crecerá...
Recuerdo otra imagen del verano pasado:
Es un árbol que había crecido junto a un río y vivía junto al mismo. Pero sus raíces no lo habían alimentado de la forma adecuada y, seguramente, no tomaron el agua del río... Llamaba la atención verlo tan seco al lado del río y junto a otros ejemplares maravillosos.
Me recordó cómo nosotros podemos estar viviendo cerca de Dios, o diciendo que creemos en Él, pero si realmente no nos alimentamos de Él, nos secamos y morimos... ¡Cuán importante es tener una raiz fuerte en Dios!
Esa raíz es fe, pasar tiempo orando (hablando) con Él, leyendo y meditando en Su Palabra (Biblia). Es tener una relación personal con Él que, pese a lo diminutos e insignificantes que somos, nos permite acercarnos, nos ama sin objeciones y dio a Su Hijo para darnos Salvación.
Cada vez que veo un árbol pienso en mi relación con Dios... Mis raíces no siempre son fuertes y profundas. Pero, como decia el apóstol Pablo, tengo mi vista puesta en la meta y prosigo hacia ella.
No hay comentarios:
Publicar un comentario