Casi todo el mundo se marca unos objetivos o propósitos cada vez que al calendario le sumamos un año más. Salud, dinero, amor en forma de gimnasio, dejar de fumar o conseguir empleo.
Personalmente, cada año reflexiono sobre lo que me ha proporcionado Dios durante los últimos doce meses y si realmente he sido una buena hija suya. Todos los años me doy cuenta de que le sigo fallando y debo conocerle más y más, leyendo y meditando en Su Palabra y hablándole.
[Piensa, ¿cómo conociste a tu pareja? ¿Qué haces cuando quieres conocer a alguien? Pasas tiempo con él/ella, ¿no? Pues con Dios es igual]
Ayer leía en el Salmo 1 (vv.2 y 3) lo siguiente:
"Dichoso quien se complace en la ley del Señor,
sobre la que reflfexiona día y noche.
Es como un árbol plantado junto al arroyo:
da fruto a su tiempo y no se secan sus hojas;
consigue todo lo que emprende."
Este árbol estaba en un paraje precioso, en las tierras de Jaén, junto a un arroyo. Sin embargo, estaba muerto, seco de raíz a las puntas...
Me hace pensar en las veces que estamos (estoy) al lado de Dios -el arroyo-, pero no bebemos (bebo) de su agua, ni nos alimentamos con Su Palabra.
Mi buen propósito para este año y mi deseo para todos es que podamos conocer más a Dios cada día.
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